Se acepta en las
ciencias que se ocupan del asunto que hace más o menos unos dos
millones y medio de años surgió el género Homo (hombre en latín)
del cual derivaron varias especies consideradas humanas.
De todas éstas, la
única que ha sobrevivido – y no queremos saber cómo – es
aquélla a la que pertenecemos, autodenominada Homo Sapiens (algo así
como hombre sabihondo).
Si nos gustan las
estadísticas podemos decir que el hombre actual tiene una antigüedad
que representa el 0,095% de la totalidad de la existencia del género
Homo.
El control del fuego
– su conservación y producción – parece haber sido atributo de
varias especies humanas desde hace unos 800000 años, aunque esta
precisión no es del todo comprobable. En todo caso, lo que sí es
cierto es que el fuego viene acompañando al género desde hace
bastante tiempo.
El primeras muestras
de metalurgia, es decir de la fundición de metales se registra en la
península de Anatolia (en la actual Turquía) hace unos 8000 años.
Es decir que,
después de conocer el fuego, insumió el 99,99% del tiempo en lograr
el dominio suficiente como para aumentar su temperatura a más de
1000°, los necesarios para fundir el cobre.
Hasta lograr, o
concebir, la primera aleación pasaron 3000 años más, cuando se
inaugura formalmente la Edad del Bronce.
La cerámica es
mucho más antigua y los mejores productores en este campo han sido
los chinos, de los cuales se considera que hay producciones que datan
de unos 20000 años.
La agricultura –
años más, años menos – parece ser un fenómeno surgido
independientemente en varios lugares hace aproximadamente unos 11000
ó 12000 años.
Recapitulando:
Luego del
surgimiento hipotético del género en el último 0,01% de ese tiempo
aparece la especie Homo Sapiens.
En sus 200000 de
existencia nuestra especie, aun conociendo el fuego, recién lo lleva
a una temperatura aceptable para la fabricación de cerámica
duradera y de herramientas de metal fundido en otro tramo de 0.01% de
ese tiempo.
Pero ya la
producción de aleaciones lleva menos tiempo inaugurando la Edad de
Bronce, en la cual se desarrolló casi toda la historia de la
civilización egipcia, por ejemplo.
La edad del hierro
empieza en distintas geografías, casi simultáneamente, hacia el
siglo XII A.C. Para tener alguna referencia histórica, es la época
de la guerra de Troya.
A partir de allí
las posibilidades de fabricar herramientas e instrumentos de todo
tipo – incluyendo armas potencialmente más terribles – se hace
exponencial.
Junto con la
elevación de las temperaturas que posibilitan la fundición del
cobre y el desarrollo de la cerámica, se dan las primeras
expresiones de la alquimia (en Mesopotamia y en China).
Hacia el año 500 se
produce un extraño florecimiento de la espiritualidad en todo el
mundo, en numerosas civilizaciones surgieron doctrinas y grandes
hombres que las concibieron. Desde el siglo de oro griego, con
Sócrates, Platón y Pitágoras, hasta las diversas expresiones
orientales de la India – Buda – China – Lao-Tse – o Persia
con Zarathustra (Zoroastro en griego).
O sea que tuvieron
que pasar casi dos millones y medio de años desde el surgimiento del
género Homo, casi doscientos mil de la especie Homo Sapiens antes de
que empezaran a descollar algunos nombres en el plano espiritual. No
estamos significando que antes no los hubiera, sólo tomamos estos
ejemplos a los que podrían sumarse algunos otros anteriores que
desconocemos o que hunden sus raíces en el mito o la prehistoria sin
memoria.
Haciendo cuentas, en
el último tramo de existencia del Homo Sapiens, que representa menos
del 5% de la totalidad, aparecen la agricultura, la cerámica, la
metalurgia y se expande la espiritualidad. Estamos evidentemente ante
un proceso que, a partir de ciertas condiciones, se hace acelerado.
Es cierto que no es
una aceleración continua pero hay tramos en los cuales se expresan,
súbitamente para los parámetros históricos, correntadas de
impulsos nuevos a un ritmo insospechado desde los antecedentes.
Dando un salto en el
tiempo, en los inicios de la revolución industrial, momento en que
junto con antiguas prácticas primitivas (la esclavitud, por ejemplo)
se postulan muchas de los ideales que marcarán los siglos sucesivos
y que dejarán su sello hasta en la habitualidad del presente.
En Europa se empieza
a producir una enorme transformación a caballo de la revolución
industrial. El colonialismo, al par que explota salvajemente a
pueblos milenarios, sin quererlo lleva también el germen de los
nuevos tiempos.
Hacia finales del
siglo XIX, con un crecimiento inusitado del arte y la ciencia, surge
lo que Ortega denominaría la aparición de las muchedumbres. Masas
humanas que en las ciudades pasea, se entretiene, intercambia,
consume, protesta, revoluciona.
Hace escasos
segundos, en el marco de los lapsos históricos, se reconoce la
igualdad y los derechos de todos los seres humanos. La mujer se suma
activamente a la vida social. La ciencia progresa, la técnica vuela.
Sería interesante
recapitular todos los fenómenos que se ponen en marcha en todos los
campos, tal como Silo lo hiciera en la conferencia La Religiosidad en
el Mundo Actual en un breve racconto que sólo toma en cuenta
cuatro años.
Con la revolución
industrial nace el capitalismo como lo conocemos y hoy, apenas 200
años después (el 0,1% de la vida de nuestra especie) ya está en
plena crisis, se ha hecho financiero, abstracto, de burbuja,
dependiente de una maquinaria de producir papeles de colores (la
Reserva Federal de USA). No es lugar para discutir esto, pero sus
fundamentos tienen todos los rasgos de algo que se puede evaporar en
un instante. Han pasado sólo 200 años, el 0,00008% del tiempo que
lleva el género Homo sobre esta tierra.
Probablemente aún
se conserven muchos de los instintos y atavismos de aquellos lejanos
ancestros, pero también es cierto que “algo” se ha tensado hacia
el futuro de un modo fatal. Y en esa tensión, entre el mono y ese
ser que nos sucederá, ese que Nietzsche llamó superhombre quizás
por no tener mejor modo de llamarlo, en esa tensión vivimos hoy
nosotros, intuyendo lo que no y sospechando lo que sí, sabiendo lo
que ya-no y esperando lo que aún-no.
El proceso humano se
acelera. No es verdad, como dicen algunos, que siempre haya sido
igual. Es posible que aquel “siempre” que no conocemos (el de los
seres primigenios, sin historia, sin civilización) haya sido el
mismo por cientos de miles, millones de años, pero en esa breve
fracción de tiempo que va desde la creación de la agricultura, la
cerámica, la metalurgia, no ha hecho más que cambiar, con etapas de
detenimiento y hasta de retroceso según el lugar pero, cuando ha
tomado la recta de la aceleración, los cambios han sido
vertiginosos.
Tal vez sea tarea
para los matemáticos calcular las tasas de aceleración de los
cambios en ciertos períodos históricos. Si se abocaran a semejante
cálculo es posible que pudieran observar que estamos a una fracción
de segundos de cambios impensables, como era impensable la filosofía,
el cine, la aviación o la búsqueda del sentido de la vida para
aquellos maravillosos predecesores que se acercaron al fuego y
comenzaron a domesticarlo, iniciando con esto los procesos de los que
hoy nos hacemos dueños con una casi total ingratitud.
Todos estos cálculos
de escasa cientificidad no quieren ser demostración de nada, sino
indicar el asombro ante la imagen de un proceso que, aparentando una
lentitud absoluta, de pronto es como si despertara y se abocara con
toda su energía a recuperar el tiempo perdido.
Es muy probable,
casi seguro, que esa lentitud de nuestros lejanos antecesores fuera
sólo aparente y que, mientras repetían actos y gestos por miles de
milenios, fueran moldeando en los altos hornos de su interioridad los
modelos profundos que hoy queremos llevar a la luz, que hoy deseamos
que sean en el mundo.
Dar un fundamento
estadístico tal vez sea tarea para matemáticos o historiólogos,
pero para nosotros la tarea primordial es no dejar que la impaciencia
se transforme en desazón o destrucción.
Pareciera que,
paradójicamente, lo opuesto a la impaciencia no fuera la paciencia
sino la fe. Esa que sabe esperar desde la certeza de la evolución de
las cosas, esa que permite actuar atento al presente sabiendo que lo
que hoy se siembra es cosecha de mañana y que siente que el granero
interior, ese enorme silo, quiere entregar al futuro su enorme
tesoro.
Eduardo Montes
Comments
One response to “Impaciencia”
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Muy bueno Eduardo, gracias!!! Me recordo la frase: "rechaza el sobresalto y el descorazonamiento..."
2 de mayo de 2016, 9:08Publicar un comentario