Hace
pocos días se me ocurrió la malhadada idea de escribir sobre la
impaciencia. En realidad lo hice en respuesta a algunas
conversaciones que tuve con amigos en las que ellos manifestaban una
suerte de “malestar existencial” ante la lentitud o inclusive la
regresión del progreso humano.
Es
claro que no hablábamos del progreso humano en términos materiales
– aunque sin excluirlo – sino, fundamentalmente del progreso
espiritual – o interno, si se prefiere – ese que aleja de la
violencia y de todo sentido apropiador. Hablábamos de que los peores
monstruos se proyectan a la cúspide de la pirámide social – esa
virtualidad que domina nuestra realidad – a caballo de mayorías
que los sostienen alegre e irresponsablemente.
Nos
referíamos a nuestras latitudes pero también a otras más lejanas,
si es que se puede hablar de algo lejano en el mundo actual.
Fue
en ese momento que se me ocurrió preguntarme por alguien que hubiera
nacido hace, no sé, digamos diez mil años, y viera las cosas de
modo similar (porque no dudo de que alguien habría para hacer
semejante operación), ¿qué pensaría él de la lentitud, de lo
interminable de etapas “eternamente” oscuras”?
Y
fue imaginando esas cosas que surgió una suerte de paneo sui
generis de la historia
humana – sabida o inventada – y al hacerlo fui desarrollando ese
escrito titulado “Impaciencia”.
¿A
qué viene toda esta aclaratoria?
Viene
a que las respuestas recibidas – esas que se han publicado y,
principalmente, las que no – me han dejado un tanto desconcertado.
Recibí aprobaciones de quienes
creo que han comprendido la intención de lo expresado pero también
de quienes lo han entendido hacia interpretaciones totalmente
opuestas a la misma.
“Algo
se ha expresado de modo incorrecto o ambiguo” – me dije – y a
pesar de que la trascendencia de mis escritos es bastante modesta,
por decir lo menos, me vi en la necesidad de aclararlos para que no
sumen a su modestia la incomprensión.
Entiendo
que estamos en un momento donde lo monstruoso parece encaramarse en
diversas latitudes. Este encumbramiento no siempre lo hace por la
fuerza, ni con el silencio atemorizado de las mayorías. Ahora
ciertas mayorías se hacen eco y encuentran expresión en ellos. Nos
hallamos pues ante una cierta ola, un cierto reflujo que trae a la
orilla las peores cosas.
No
quiero hacer un “listado” de fenómenos monstruosos en nuestra
latitud ni en otras, donde la injusticia y el antihumanismo parecen
tomar la delantera en estos momentos. A veces, como se dice
graciosamente, aclarar oscurece.
De
modo que en lugar de hacer aclaraciones y cosas similares apelaré a
dos referencias que explican mejor lo que quise expresar. Una forma
parte de la exposición hecha por Silo el 4 de Mayo de 1999 en la
celebración de los treinta años de la arenga sobre La Curación del
Sufrimiento. Dice así:
“Y
en esta situación que nos toca vivir reconocemos el triunfo
provisorio de la cultura del antihumanismo y declaramos el fracaso de
nuestros ideales que no se han podido cumplir. Pero los triunfadores
de hoy no tienen asegurado el futuro porque una nueva espiritualidad
comienza a expresarse en todo el mundo: no es la espiritualidad de la
superstición, no es la espiritualidad de la intolerancia, no es la
espiritualidad del dogma, no es la espiritualidad de la violencia
religiosa, no es la pesada espiritualidad de las viejas tablas ni de
los desgastados valores; es la espiritualidad que ha despertado de su
profundo sueño para nutrir nuevamente a los seres humanos en sus
mejores aspiraciones.”
He
ahí lo que llamo fe.
Y
para concluir, de modo auto-referencial transcribo un soneto escrito
en noviembre de 2014:
"Injusticia
Un
dolor tan intenso me lacera
al
ver esa injusticia que se ensaña,
cuando
el rico con toda su calaña
hambrean
al que vive en la tapera.
Un
acto de justicia yo quisiera
que
deshaga por siempre la maraña
de
impulsos y ambiciones que con saña
condenan
a la angustia más grosera.
Porque
el hambre es indigno de lo humano
es
deber esencial trabarse en lucha,
esperar
con paciencia será en vano
al
poder que, insensible, nunca escucha
el
clamor del que sufre ese malsano
desaliento
vital en su casucha."
Espero
que lo anterior no nutra nuevas confusiones. Reitero, sin
impaciencias, sin paciencia, con fe.
Eso es lo que pido en mi interior, fe alegre, activa, fe sin líderes ni dioses, fe alimentada en el granero, en el silo, que todos guardamos dentro.
Eduardo Montes
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Muy bueno Eduardo!!!
7 de mayo de 2016, 10:20Publicar un comentario